29 de noviembre de 2011

Libros e intereses

Algunos libros los compro y otros me los dan. Dedico una sección de mi pequeño librero a la categoría Los Que Voy a Leer y, cuando termino un libro, enfrento los lomos de los que no he leído e intento decidir cuál sacaré para cargar conmigo a todas partes. Generalmente intento sacar un libro que esté de algún modo alejado del que recién terminé, ya sea en idioma, año de publicación o género.

En ocasiones, el libro que leo me acosa. Pienso en él todo el día y no pierdo oportunidad para leer al menos algunas páginas. Al leerlo, me entusiasmo de modo que comienzo a leer tan rápido que de pronto debo detenerme y regresar algunas líneas; ignorando las ganas que dan de asomarme algunas páginas más adelante a ver qué pasará. Luego me doy cuenta que apenas llevo algunos días con el libro y ya me faltan menos de veinte páginas para terminarlo. Entonces ocupo mis tiempos de lectura en revistas o artículos de Internet, porque no quiero que se acabe.

Hay otras ocasiones en que inicio el libro y lo olvido. Llegan los momentos que regularmente ocupo en leer y me busco otras cosas qué hacer. Abro las páginas, avanzo algunas y me doy cuenta que solo mis ojos seguían la lectura y que realmente no sé qué acabo de leer. A causa de mañas inculcadas por el sistema escolar, solía forzarme a terminar todos los libros que comenzaba, incluidos estos. Ya no. Leo por ocio, por placer. He aprendido a desprenderme y ahora me atrevo a abandonar libros en la página veinte, incluso de algunos de mis autores preferidos como Saramago o Palahniuk.

26 de noviembre de 2011

Camellones y hombres

Al norte de la ciudad hay una vialidad de esas con muchos carriles y que la gente y los gobiernos asocian con el progreso. En cierto punto —por el que transito casi a diario— la lateral se eleva casi tres metros por encima del carril principal, formando una pendiente de unos sesenta grados entre ambos. Ahí, reclinado sobre la pendiente, veo cada mañana a un hombre humilde.

La primera vez que noté al hombre pensé que esperaba una oportunidad para atravesar la vialidad. Seguramente se había cansado de realizar cálculos entre los cientos de vehículos que pasan a cien kilómetros por hora, buscando cuándo se formaría un hueco de tal duración que le permitiera sortear los cuatro carriles. Fastidiado, se habría recargado en el concreto para esperar con mayor comodidad. A los pocos días de verlo siempre donde mismo descarté esta hipótesis.

Pensé entonces que quizá el hombre trabaja en alguna de las tantas franquicias estadounidenses que hay en la zona. Seguramente el transporte público lo dejaba a las ocho de la mañana en aquellos rumbos que le han de ser tan ajenos, siendo que su jornada no inicia sino hasta las nueve. En vez de esperar en la puerta del negocio, habría encontrado este cómodo recoveco para dejar correr el tiempo. Sin embargo, no pude obviar el hecho de que si su trabajo estaba sobre el costado norte, tendría que descender los tres metros de la pendiente que luego no serían tan fáciles de escalar; y si estaba en el costado sur, debía atravesar más de diez carriles, cosa que no pareciera valer la pena.

Pasaban las mañanas y seguía viéndolo ahí, recargado, guarecido de los autos. Pensé entonces lo malo: estaba preparando alguna fechoría. Estaba al acecho de las empleadas de las maquiladoras que malamente atraviesan la vialidad para asaltarlas en el camellón donde, a pesar de tener cientos de testigos, nadie notaría nada. Igual y estaba tan desempleado y resentido, que sencillamente se apertrechaba para lanzar piedras a algunos autos al azar. Pero el tipo no variaba su posición cada día y, en realidad, se le veía relajado y en paz.

Uno de estos días voy a estacionarme en la agencia de automóviles del costado norte, atravesaré la lateral y bajaré los tres metros de la pendiente para charlar con él y averiguar qué demonios hace ahí.

22 de noviembre de 2011

Géneros y exploraciones

Guso Punto Com comienza su octavo año de publicación. Han sido muchos los géneros abordados por aquí: la crónica, la narrativa, el ensayo, la crítica política y la reseña (literaria y musical); entre otros que no sé cómo se llaman. Ahora estoy listo para explorar un nuevo terreno de las letras: la poesía.

20 de octubre de 2011

Años y síntesis

Son siete los años durante los que he publicado este blog. A veces, leo al azar algunas de las 876 entradas y me enorgullece darme cuenta de que disfruto leerme. Disfruto igualmente muchos de los comentarios que quienes leen dejan, a veces incluso mejorando o superando las entradas. No negaré que en ocasiones el escribir aquí se me vuelve una mortificación, razón por la cual este año reduje de tres a dos el número de entradas por semana, pero en definitiva es más el gusto que me provoca.

Como dictan las tradiciones de Guso Punto Com —porque cuando un blog tiene siete años ya se puede hablar de que ha desarrollado tradiciones— compartiré ahora mis diez entradas preferidas de estos últimos doce meses. Luego, tomaré un receso de un par de semanas. Las diez entradas son, en orden cronológico:

Protocolos y pragmatismos: saber escribir correctamente y saber sostener una copa de vino es lo que nos separa del resto de los animales.

Síndromes y soluciones: la angustia es parte de la vida, solo va mutando su forma conforme maduramos.

Vagabundos y disoluciones: lavarse las manos antes de salir a la calle puede hacer que nos percatemos de detalles que de otro modo jamás notaríamos.

Gente y fotografías: además de que nos divertimos más, los alternativos siempre nos vemos mejor en las redes sociales.

Tiempo y amigos: la importancia de moderar los ímpetus y no permitir que borren los sentimientos.

Palabras y reflejos: el primer documental de letras del que se tenga registro.

Libros y amigos: desde hace ya algunos años cuestiono los supuestos veredictos de la sabiduría popular.

Infancias e inocencias: crecer no significa llenarse de problemas, es apenas olvidar los problemas que teníamos antes de crecer.

Erratas y tintas: errar es humano, pero más humano es el horror del error.

Licores y personas: el cine es un abuso, ya que si sabes verlas, las historias más entretenidas se desarrollan a tu alrededor.

18 de octubre de 2011

Músicos y pantallas

Algo de romántico tenía aquella costumbre de alzar el encendedor prendido en los conciertos. La raquítica llamita de uno se unía a la de miles y el fondo de los estadios se convertía en galaxia. Antes de que se quemara, se retiraba el dedo del botón que libera el gas, se le soplaba un par de veces y se volvía a generar la flama.

Hoy, obtusos acaparadores que todo queremos capturar en formato digital, las llamas han sido cambiadas por las luces azuladas de las pantallas de las cámaras o los teléfonos celulares. Tienen frente a ellos, totalmente humanizados, a músicos que admiran y, en vez de verlos, se conforman con disfrutarlos en una diminuta versión digitalizada que se está formando en el aparatito que sostienen sobre la cabeza.

Me pregunto, ¿qué hacen con esos archivos de video borrosos y pixelados acompañados de una saturación de sonido que nadie consideraría música? ¿Se los reproducen a sus amigos? ¿Los miran con añoranza, intentando descifrar qué canción están viendo y escuchando a las desafinadas personas que los rodean? ¿Qué sucede con esas fotos que no son sino un universo negro donde al fondo se ve una aglomeración de luces en las que no se distingue nada?

Se los digo ahora: los recuerdos y las sensaciones que evoca disfrutar un concierto no se pixelan y sus sonidos no se saturan.

8 de octubre de 2011

Árboles e insectos

—Papá, ¿por qué algunos árboles tienen el tronco pintado de blanco?
—Ah, pues los pintan así para que los insectos no se les suban.
—Y... ¿los insectos saben eso?

4 de octubre de 2011

Órdenes y pavimentos

Tenemos cierto orden para funcionar como sociedad. Muchos de los acuerdos de este orden son tácitos y casi todos nos sujetamos a ellos. Otros son claramente señalados y a veces hasta pintados en el piso para que todos los veamos. Por eso me exacerba como pocas cosas ver a esos cavernícolas inconscientes que aparcan su auto al final de la hilera de los cajones, como diciendo “pues aquí cabe otro” y plantando su vehículo al lado de los que están sobre los lugares azules. Se camina más de la entrada del súper a la sección de lácteos que de los cajones alejados a la puerta del súper. Perezosos ventajosos.