20 de octubre de 2019

Blogs y aniversarios

Hace quince años me abrí un blog. Este. No sabía para qué, pero tener un espacio para escribir cosas donde alguien más pudiera leerlas me parecía emocionante. Primero lo asumí como un diario, luego como una editorial, hasta que finalmente en dos o tres años entendí que era mi taller personal de escritura, mi libreta pública de apuntes.

Pasó el tiempo y llegaron las redes sociales. Las entradas en el blog se redujeron. Luego mis textos empezaron a salir en otros blogs y en revistas. Las entradas acá se redujeron todavía más. Los blogs de Tasta, Gil y Silvano desaparecieron. Quité la sección “Todo mundo tiene blog” de la barra lateral. Pero mi blog sigue aquí y nunca lo voy a cerrar.

Por acá tengo narrativa, tengo crónica, tengo reseñas, tengo experimentos. Por acá he vaciado ideas y recuerdos que me emociona encontrar años más tarde cuando releo meses de publicaciones.

Feliz decimoquinto aniversario de Guso Punto Com a mí.

Nota: esta entrada de aniversario es la número 1,000 del blog. ¿Casualidad? Totalmente. Una muy bonita.

9 de septiembre de 2019

Bajos y bandas

Me reclutaron para tocar el bajo en The Mueres y nos presentamos en Don Burro. La experiencia me dejó dos reflexiones.

Por más de veinte años he sido vocalista y guitarrista. Al comenzar como bajista sentí una especie de liberación: no necesitaba manipular seis cuerdas a la vez, sino una por una, además de no tener que estar pendiente de activar y desactivar pedales de efectos. Luego, no ser el vocalista lo hacía todavía más fácil, ya que no tenía que concentrarme en la voz ni en lidiar con el público y hasta dirigir musicalmente a la banda. Pero pronto entendí el nivel de responsabilidad que conlleva el bajo, requiriendo disciplina y una concentración metódica: cuando el bajista se equivoca y su instrumento deja de sonar, es como si toda la banda desapareciera. El ruido se ahoga y la presentación se desvanece.

La última vez que me presenté con mi banda fue hace diez años. Desde entonces toqué dos veces en vivo, liderando bandas de esas de homenajes. Noté (y me entristeció un poco) que la gente que he conocido en los últimos años estaba sorprendida de que yo tocara. Me decían que no sabían que era bajista y que tuviera una banda, y yo pensaba que ni soy bajista ni esta es mi banda. Pero esto es mi culpa.

24 de agosto de 2019

Adultez y madurez


Chavorruco es uno de esos términos que se propagan de manera indiscriminada hasta pervertir su significado. El común de la gente lo aplica para describir situaciones que se desvía ligeramente de su concepción del mundo. Como pasa con hípster. Yo no me considero chavorruco, prefiero decir que soy un vatoñor.

El chavorruco coloca figuritas de Star Wars en su espacio de trabajo. Usa tenis los fines de semana cuando va a una carne asada y se calza unos Converse impecables o unos Nike de correr. Sale a noches de los noventa y los ochenta. El chavorruco se aferra a su juventud y la estira más allá de sus treinta o cuarenta. Presume de mantenerse jovial, pero su juventud es en realidad una patética nostalgia.

Como vatoñor, me asumo como un adulto que pasa de los cuarenta y que mantiene un estilo de vida contemporáneo. Mantengo los tenis a lo largo de la semana. Sé quiénes son Él Mató a un Policía Motorizado. El vatoñor disfruta su madurez y no cree que tiempos pasados fueron mejores.

23 de agosto de 2019

Viajes y músicos

Comencé a escuchar a Mogwai por ahí de 2005 o 2006 y desde entonces comprendí que esta banda iba a ser mi estandarte. Una banda que iba a madurar conmigo, que iba a seguir siendo cool sin ser nostálgica. En este mismo blog se menciona a Mogwai de manera recurrente. Incluso en una entrada digo que Mogwai es la banda sonora de Guso Punto Com.

Condujimos 10 horas para verlos en Albuquerque, en un pequeño y ruidoso concierto. De mi edad, gordos, chingones.

Terminada la presentación salimos por la puerta que los llevó del escenario a la calle. Literalmente. En la acera Stuart le firmaba discos y playeras a alguien. Otro tipo, seguramente borracho –o drogado– esperó a que el guitarrista se desocupara y le dijo que él sólo quería un abrazo. Me metí a la conversación diciendo que yo nada más iba por un apretón de manos. Le dije a Stuart que ya los había visto en 2006, en 2011 y en 2014. Dijo que iban a estar el siguiente año en la Ciudad de México. Le dije que esto nos quedaba más cerca. Dijo que era pésimo para la geografía.

Volvimos a la mesa del bar. Bebimos. El bar se vació. Vimos a Barry buscando algo alrededor del escenario. Le grité ¡Barry! Vino. Le conté lo mismo que a Stuart y agregué que habíamos conducido diez horas para verlos, que era como darle tres vueltas a Escocia. Se rió. Subió a los camerinos y regresó cargando una maleta. Le pregunté si no tenía un roadie que hiciera eso. Rió de nuevo. Se sentó. Conversamos. Nos sacamos una foto. Se fue.

Nos vemos pronto de nuevo, Mogwai.

23 de junio de 2019

Panes y madres

La relación de mi madre con la cocina siempre fue más bien sencilla. Uno de los platillos (y ni siquiera sé si califique como tal) que me preparaba y me gustaba mucho era un pan tostado con mantequilla al que luego le espolvoreaba azúcar. La mantequilla y el azúcar se combinaban en una suerte de glaseado que luego se hacía duro sobre el pan.

Una variante de esta receta era ponerle chocomil en vez de azúcar. Y digo “chocomil” invocando el término que todos los niños usábamos en esos tiempos para referirnos a los saborizantes de chocolate para leche y que ahora perpetuamos con nuestros hijos, aunque en mi casa se compraba Quick, que todavía no se llamaba Nesquick, y cuando era más chiquito era Milo el que me llevaban. Dejaba reposar el pan unos minutos y luego lo ladeaba y le soplaba con gentileza para que cayera el polvo sobrante. Lo que quedaba formaba una deliciosa pasta café oscuro.

13 de junio de 2019

Tiendas y familias


Todos tenemos nuestras familias de Oxxo. Varias veces a la semana –o incluso al día– pasamos por un Oxxo que nos queda por la casa o por el trabajo y somos atendidos por ese señor o señora, por sus hijos y los cónyuges de sus hijos y a veces hasta por los hijos de sus hijos. Casi nunca nos damos cuenta de que son nuestra familia de Oxxo sino hasta que un día entras y te encuentras a un wey viendo su celular en el lugar donde hasta hace unos días te saludada doña Marthita. Deberían colocarse unos avisos en la puerta del tipo “Informamos a nuestros clientes que doña Marthita y su familia dejarán de atender este Oxxo a final de mes” y darnos la oportunidad de despedirnos.

Me mudé a mi casa de adulto y me hice de mi propia familia de Oxxo. Varios años más tarde entré a una de las tiendas por casa de mi madrina. Ahí estaba la que había sido mi familia de Oxxo de casa de mis padres. Yo iba con mis tres hijos y se los presenté y reímos y no nos dimos cuenta de que ni siquiera sabíamos cómo nos llamábamos.

A veces me gusta pensar que en la posada del Oxxo mi familia de Oxxo de la casa se sienta con mi familia de Oxxo de la oficina y que hablan de mí.

29 de mayo de 2019

Sonidos y países

Entré en la tienda de música Virgin de Times Square y me precipité a la sección de música latina. Era 1996 y llevaba seis meses como estudiante en un pueblo del norte del estado de Nueva York. La Internet no era nada parecido a lo que es hoy. Me sentía lejos y solo.

Pasando los discos con los dedos me encontré con un álbum de Café Tacvba y me lo llevé a la caja. En el camión que nos conducía de regreso a Auburn toqué el “Avalancha de éxitos” en el reproductor de discos compactos que alguien me prestó. Cuando llegué a la parte de “Ojalá que llueva café” donde Alejandro Flores toma las vocales y convierte la canción en un son huasteco tradicional sentí un golpe, una efervescencia que nunca antes había tenido en el cuerpo. Me paré con los ojos mojados y me di cuenta que no podía compartir eso con nadie a mi alrededor.

Creo que esta fue la primera vez que me sentí sinceramente mexicano.