16 de febrero de 2019

Memorias y canciones

Hay varias canciones que durante muchos, pero en verdad muchos muchos años, han sonado reiteradamente en mi cabeza. Hice el ejercicio de inventariarlas y pude enlistar cuatro. No son canciones que me gusten especialmente o que signifiquen algo importante para mí. De hecho sólo una de ellas es de una banda que escuche regularmente. No he logrado identificar qué las dispara, pero varias veces a la semana se activan espontáneamente  y sus coros se reproducen en mi cabeza.

La primera, la que es de un grupo que sí escucho, es “So it goes” de The Verve. Además, es la única que a veces se activa también verbalmente y me hace cantar el inicio del coro en voz alta. La segunda es “Dragula” de White Zombie, que me es tan ajena que incluso necesité googlearla para averiguar su título y anotarla aquí. Otro coro que suena reiteradamente en mi cabeza es el de “Superstar”, el cover que Sonic Youth le hizo a Carpenters. La última canción es la más extraña de todas, porque recuerdo claramente el video y su coro me es profundamente familiar, ya que suena en mi cabeza varias veces a la semana… pero estoy seguro de que no he escuchado la canción real en al menos treinta años: se trata de “When we was fab” de George Harrison. El video aparecía en Imevisión durante lapsos muertos en la programación.

Las imágenes musicales involuntarias son un trastorno de la memoria que el 90 % de las personas reporta sufrir al menos una vez a la semana. Esto lo aprendí en la escuela de psicología.

4 de febrero de 2019

Risas y vida

Pasamos Navidad en un pueblo llamado Medina, en el estado de Nueva York, muy arriba, casi pegado a Canadá. Ese año yo vivía con los Murphy, inscrito como estudiante de intercambio en la high school de otro pueblo mucho más grande que Medina pero mucho más chico que mi ciudad. A los 18, era la primera Nochebuena lejos de mi familia. No me sentía muy bien. 

En Medina vivían los padres de Barb, la mujer que me recibió en su casa. El señor tendría unos noventa años y casi no escuchaba. Alertado de que en esa casa no había televisión y que por la nieve sería poco lo que pudiera hacer afuera, llevé conmigo una antología de tiras de Calvin y Hobbes. El anciano encontró el libro y se pasó toda la cena recargado en la barra de la cocina leyéndolo, explotando en unas roncas e incontenibles carcajadas que lo hacían mostrar el interior rosado de su inmensa boca sin dientes. Lo estuve observando y hasta hoy, 22 años después, creo que es la vez que más feliz he visto a alguien. Así de fácil puede ser la vida. 

14 de enero de 2019

Químicas y acústicas

Me fijo en que Óscar dejó a un lado el platito y colocó la taza directamente sobre la mesa. “¿Por qué quitas el platito?”, le pregunto. Además de dedicarse a preparar café, Óscar tiene formación científica, así que me preparo para una de sus apasionadas exposiciones técnicas: quizá pasa algo con la temperatura o la acidez o el buqué. “Me molesta el ruido del choque entre la taza y el plato” me dice nada más, y desde entonces ese tintineo en el que jamás había reparado se convirtió en un estruendoso traqueteo que me fastidia y asedia.

 Así nos pasa con muchas otras cosas, en sentido literal y figurado.

4 de enero de 2019

Miadas y choques

Ah, simón. Como la vez que choqué con mi compa. Desperté acá, en el hospital, y me dolía bien culero todo y la jefa de mi compa me preguntaba que por qué íbamos encuerados y yo acá de Ah, cabrón, qué pedo, pues no sé. Pero ya luego me acordé. Pues que andábamos acá en la peda y nos paramos a miar en un terreno y ya te la sabes, típico, ¿no? acá que empiezas a miar a tus compas y pues empecé a miar a mi compa. Y mi compa acá de Eh, güey, pérate, no mames, y también acá me miaba. Pero ya, ¿no?, nos subimos al ranflo y seguimos caguameando y mi compa era el que venía manejando y pues me saqué la verga y lo empecé a miar así arriba del carro en lo que manejaba y mi compa de Ya, güey, no mames. Y ya, ¿no?, pues lo traía todo miado y mi compa se paró y me bajó del pinche carro y yo entre la peda y la motorola estaba cagado de la risa y me tiró acá al pinche piso y no me podía levantar porque pues estaba cagado de la risa y el cabrón se sacó la verga y me empezó a miar también. Y pues ya, no mames, acabamos todos miados los dos y pues a la chingada nos quitamos la ropa toda miada y nos subimos al carro y yo creo que ahí fue cuando nos chocaron a la chingada porque no me acuerdo qué más pasó.

27 de diciembre de 2018

Mujeres y pavimento

Una mujer cayó sobre el pavimento. Otra mujer conducía por la vía rápida y vio el bulto caer. Cuando caen, las cosas se ven en cámara lenta, por eso la mujer que conducía por la vía rápida alcanzó a frenar frente al bulto que era la mujer que cayó sobre el pavimento. La mujer que cayó sobre el pavimento se había detenido en una rampa del distribuidor vial porque su auto se descompuso. La mujer que conducía por la vía rápida y vio el bulto caer levantó la cabeza y abrió mucho la boca y los ojos. ¿Qué había caído sobre el pavimento? La mujer que cayó sobre el pavimento se había bajado de su auto averiado. El tráfico seguía moviéndose muy rápido junto a ella. La mujer que conducía sobre la vía rápida veía un amasijo de carne y pelos y mucha sangre, como cuando se ve a un perro recién atropellado. La mujer que cayó sobre el pavimento se había agazapado a un costado de la rampa, aterrada, porque los autos pasaban muy cerca, a setenta, a ochenta, a noventa kilómetros por hora. La mujer que conducía sobre la vía rápida comenzó a encontrarle forma al amasijo de carne y pelo que estaba sobre mucha sangre y no era un perro recién atropellado, era una mujer. La mujer que cayó sobre el pavimento estaba muy nerviosa. Por eso había bajado del auto. Por eso había bajado también a sus dos hijas. Una tenía seis años. La otra tenía cuatro. La mujer que conducía sobre la vía rápida todavía no sentía pánico. Todavía no sentía asco. Todavía no podía entender porque esa masa de carne y pelo sobre mucha sangre era una mujer y no un perro atropellado. La mujer que cayó sobre el pavimento había tomado a sus hijas entre sus brazos. Los autos seguían pasando a su lado. Muy rápido. La mujer que conducía sobre la vía rápida quiso bajarse de su auto, pero no se había quitado el cinturón de seguridad. La mujer que cayó sobre el pavimento estaba llorando a un costado de la rampa, con sus hijas en los brazos, golpeada por las luces de los autos que pasaban muy cerca, golpeada por el aire que los autos empujaban porque iban a setenta, ochenta o noventa kilómetros por hora. La mujer que conducía por la vía rápida se soltó del cinturón de seguridad y bajó del auto. Dio dos pasos hacia el amasijo de carne y pelos que yacía sobre un charco de sangre. También había dos niñas llenas de sangre. La mujer que cayó sobre el pavimento no había podido hacerse chiquita, no había podido desaparecer de ese caudal de autos que pasaba junto a ella a setenta, ochenta o noventa kilómetros por hora. Sólo apretaba los ojos y apretaba a sus hijas contra ella. La mujer que conducía por la vía rápida no podía sentir pánico ni sentir asco porque no había tiempo para eso. Las niñas estaban manchadas de sangre, pero no era sangre de ellas. La mujer que cayó sobre el pavimento le dijo a sus hijas que no tuvieran miedo. Pero estaban llorando. Las tres. Y ella, la mujer que cayó sobre el pavimento, tenía mucho miedo. La mujer que conducía por la vía rápida pensó que debía ir por las niñas manchadas de sangre. Pero comenzó a sentir pánico y asco. Había un amasijo de carne y pelos empapados en sangre y eso era una mujer que había caído sobre el pavimento. No tengan miedo, no tengan miedo, le decía la mujer que cayó sobre el pavimento a sus hijas. Las apretaba fuerte contra su pecho y daba pasos hacia atrás, lejos de los autos que eran sólo rayones de luz que pasaban. La mujer que conducía sobre la vía rápida seguía de pie a un lado de su auto, pero ahora no le preocupaba el amasijo de carne y pelos ensangrentados que era la mujer que había caído sobre el pavimento ni las niñas llenas de sangre que no era suya. Le preocupaba que su auto tuviera sangre en el frente. La mujer que cayó sobre el pavimento sintió en su espalda el muro de contención de la rampa donde su auto se había descompuesto. Ya no podía dar más pasos hacia atrás. La mujer que conducía sobre la vía rápida dio uno, dio dos, dio tres pasos, e inclinó la cabeza para ver el frente de su auto. La mujer que cayó sobre el pavimento no se estaba deteniendo. No había dado ningún paso más hacia atrás, pero se movía. Se empezó a mover en cámara lenta. La mujer que conducía sobre la vía rápida vio que no había sangre en su auto. Ella no había golpeado al amasijo de carne y pelos sobre sangre, era una mujer y había caído sobre el pavimento. La mujer que cayó sobre el pavimento alcanzó a pensar en muchas cosas mientras caía, porque cuando uno cae, las cosas se ven en cámara lenta. La mujer que conducía sobre la vía rápida vio como varios hombres y mujeres se habían bajado de otros autos y había corrido a recoger a las niñas llenas de sangre que no era de ellas. Ya no sentía pánico, pero sí asco y remordimiento. La mujer que cayó sobre el pavimento pensaba en si sería posible acomodar su cuerpo en el aire para que sus hijas no se lastimaran, pensaba en si alcanzaría a dolerle el golpe o si moriría antes de sentir algo, pensaba en que llevaba en el bolsillo una carta que había escrito explicando algo que no era esto. Una mujer cayó sobre el pavimento.

20 de diciembre de 2018

Razones y desacuerdos

Silenciar. Bloquear. Dos funciones de Twitter que no uso. A lo de bloquear le reconozco que, cuando se asoma uno al perfil de quien nos bloqueó, ahí clarito dice Este usuario te ha bloqueado. Lo de silenciar me parece pusilánime, una concesión social para la red social más antisocial: te sigo y crees que te leo, pero en realidad no es así y no quiero que lo sepas.

Saramago dijo que los escritores viven de la infelicidad del mundo, que él en un mundo feliz no sería escritor. En Twitter no silencio y no bloqueo porque me gusta renegar, por el ímpetu que me provoca el desacuerdo y la euforia de hacer corajes. O eso pensaba.

Hace poco leí un artículo donde se explica cómo nuestra curaduría de contenidos en línea, tanto intencional como la realizada por algoritmos, nos sumerge en la percepción de que todos piensan igual que nosotros. El artículo decía que por eso tantos se sorprendieron con el Brexit y con el triunfo de Trump. “Pero ¡si nadie estaba de acuerdo con eso!”, se decían con las manos en la cabeza, incrédulos de los resultados. Pondría el vínculo al artículo, pero la verdad es que lo perdí.

Entonces no silencio y no bloqueo porque quiero saber qué piensan los que no piensan como yo. No silencio y no bloqueo porque para tener la razón hay que saber qué está mal.

19 de septiembre de 2018

Zagas y anotaciones

El trabajo de los defensas casi siempre pasa desapercibido: no se espera que anoten goles espectaculares (o siquiera que anoten goles) y sus funciones son primordialmente reactivas, dependiendo de lo que haga el rival, lo cual deja poco espacio para la creatividad que tanto luce. En los recreos, las posiciones de defensa son ocupadas por niños inhábiles, lentos o gordos.

Los martes por la noche dejamos de ser ingenieros, profesores, empresarios o vendedores y nos convertimos en escuadra. No sé el nombre completo de todos en el equipo, no sé en qué trabajen o dónde vivan. Carajo, ni siquiera sé cómo se visten: sólo los he visto ataviados con sus casacas y con tacos para pasto sintético. El año pasado regresé al campo luego de veinticinco años sin jugar. Desde entonces, ha aumentado mi apreciación y admiración por los zagueros que veo en la televisión. Manolas, Godín y Moreno son mis discretos ídolos.

Ya no llueve con la fuerza de hace media hora, pero en el campo hay algunos charcos que detienen de golpe el balón. Los rivales tocan la pelota unos metros atrás de la media cancha, horizontalmente, esperando a que nuestra marca se incline a una orilla para avanzar. Varias veces logran romper la línea de defensa y poner en aprietos a nuestro arquero, quien no es arquero, es defensa –el titular no vino–, y que tampoco es defensa, es ingeniero civil.

Los dos delanteros del otro equipo avanzan por mi lado. Adivino la jugada y robo un balón que se pasan intentando una pared de dos o tres metros. El espacio al centro queda abierto y toco para Manolo, mi colega defensa en la otra banda. Dale, dale, le gritamos, porque tiene abierto el camino. Cuando pasa la línea de la mitad, nuestro centro delantero se gira desmarcándose de su guardia. Recibe. El sistema de ataque se despliega y acomete hacia la puerta enemiga. Sólo un rival queda atrás, con nuestro defensa central pegado. Sin nadie frente a mí, avanzo unos metros atrás de los atacantes. Pepe, el delantero, está entrando al área. Se detiene de improvisto. Los defensas de chalecos verdes (los dos equipos llegamos vestidos de negro) dan todavía dos zancadas más antes de lograr frenarse. Pero Pepe ya giró y regresó el balón en diagonal. Yo sigo corriendo. El balón bota. Lo encuentro cuando va subiendo, medio metro sobre el suelo. Afianzo la pierna derecha y con el empeine izquierdo conecto la esfera amarilla. Veo una raya pintarse en el aire desde mí, pasar junto a un defensa que tuerce la cadera y luego a unos centímetros de la mano derecha del portero. Está en el fondo.

Mientras troto de regreso a mi posición con una forzada ecuanimidad en el rostro, pienso que en el Fantasy los goles anotados por defensas valen más.