13 de junio de 2019

Tiendas y familias


Todos tenemos nuestras familias de Oxxo. Varias veces a la semana –o incluso al día– pasamos por un Oxxo que nos queda por la casa o por el trabajo y somos atendidos por ese señor o señora, por sus hijos y los cónyuges de sus hijos y a veces hasta por los hijos de sus hijos. Casi nunca nos damos cuenta de que son nuestra familia de Oxxo sino hasta que un día entras y te encuentras a un wey viendo su celular en el lugar donde hasta hace unos días te saludada doña Marthita. Deberían colocarse unos avisos en la puerta del tipo “Informamos a nuestros clientes que doña Marthita y su familia dejarán de atender este Oxxo a final de mes” y darnos la oportunidad de despedirnos.

Me mudé a mi casa de adulto y me hice de mi propia familia de Oxxo. Varios años más tarde entré a una de las tiendas por casa de mi madrina. Ahí estaba la que había sido mi familia de Oxxo de casa de mis padres. Yo iba con mis tres hijos y se los presenté y reímos y no nos dimos cuenta de que ni siquiera sabíamos cómo nos llamábamos.

A veces me gusta pensar que en la posada del Oxxo mi familia de Oxxo de la casa se sienta con mi familia de Oxxo de la oficina y que hablan de mí.

29 de mayo de 2019

Sonidos y países

Entré en la tienda de música Virgin de Times Square y me precipité a la sección de música latina. Era 1996 y llevaba seis meses como estudiante en un pueblo del norte del estado de Nueva York. La Internet no era nada parecido a lo que es hoy. Me sentía lejos y solo.

Pasando los discos con los dedos me encontré con un álbum de Café Tacvba y me lo llevé a la caja. En el camión que nos conducía de regreso a Auburn toqué el “Avalancha de éxitos” en el reproductor de discos compactos que alguien me prestó. Cuando llegué a la parte de “Ojalá que llueva café” donde Alejandro Flores toma las vocales y convierte la canción en un son huasteco tradicional sentí un golpe, una efervescencia que nunca antes había tenido en el cuerpo. Me paré con los ojos mojados y me di cuenta que no podía compartir eso con nadie a mi alrededor.

Creo que esta fue la primera vez que me sentí sinceramente mexicano.

6 de abril de 2019

Videojuegos e historias

En quinto de primaria todos tenían Nintendo menos yo. Antes del timbre de la entrada y en la fila después del recreo no se hablaba de otra cosa que no fuera de eso, así que comencé a meterme en las pláticas como si también tuviera uno. La mentira creció y en unas semanas ya tenía, además del Mario, el Punch Out y el Zelda. Es decir, no los tenía.

Varios de mis compañeros estaban mortificados porque no podían sacar a Link de un cementerio en el Zelda. En un insensato afán por participar, dije que yo ya había salido, que sólo había brincado una tumba. Pero en el Zelda no se puede brincar, dijo Israel, y todos me vieron entre sorprendidos y confundidos.

Pasó el tiempo e invité a Corral a mi casa. Una de esas invitadas donde el amiguito se venía contigo saliendo de la escuela y su mamá pasaba por él casi en la noche. Juampi, Luisca e Israel vivían cerca y, días antes de la cita, Corral tuvo la idea de que todos fueran a mi casa e hiciéramos un torneo de Punch Out. Al otro día dije que mi Nintendo había estado fallando, que mi madrina de Juárez se lo había llevado a  El Paso para que lo revisaran. Luego al otro día dije que mi madrina se había ponchado en la carretera, que había pedido un aventón al pueblo más cercano y cuando regresó a su auto con los ángeles verdes se encontró con que le habían robado las maletas y el Nintendo. Juampi, Luisca e Israel sí vinieron cuando Corral estuvo en mi casa. Pasamos la tarde jugando fut en la calle, mientras yo estaba aterrado de que fueran a preguntarle a mi mamá algo de mi madrina o el Nintendo.

27 de febrero de 2019

Amigos y despedidas

Sus patas se vencieron y dejaron de sostener el cuerpo. Ahí lo supe. Quedó tendido sobre el pavimento, su respiración agitada, sus ojos buscándome. Me acuclillé a su lado y puse mi mano en su cabeza.

Habíamos tomado una breve caminata para que lo viera el veterinario. Luego de cuatro días de unos aires brutales, el clima estaba en calma y a pesar de ser febrero se sentía un poco de calor. Maxo se veía animado y pasamos a la tienda a comprar bocadillos en los cuales esconderle las pastillas. Pero sus patas se vencieron y lo supe.

No pensé en urgencias ni en cómo darle atención médica. No pensé en desperdiciar esos minutos en ajetreos y carreras, cosas que Maxo detestaba. Sólo lo dejé mirarme, le acaricié la cabeza muy despacio, como le gustaba, y le agradecí por haber sido mi perro; por su compañía, lealtad y cariño. Un minuto después jaló mucho aire y ya no hizo nada más. Descansa en paz, Maxo.

16 de febrero de 2019

Memorias y canciones

Hay varias canciones que durante muchos, pero en verdad muchos muchos años, han sonado reiteradamente en mi cabeza. Hice el ejercicio de inventariarlas y pude enlistar cuatro. No son canciones que me gusten especialmente o que signifiquen algo importante para mí. De hecho sólo una de ellas es de una banda que escuche regularmente. No he logrado identificar qué las dispara, pero varias veces a la semana se activan espontáneamente  y sus coros se reproducen en mi cabeza.

La primera, la que es de un grupo que sí escucho, es “So it goes” de The Verve. Además, es la única que a veces se activa también verbalmente y me hace cantar el inicio del coro en voz alta. La segunda es “Dragula” de White Zombie, que me es tan ajena que incluso necesité googlearla para averiguar su título y anotarla aquí. Otro coro que suena reiteradamente en mi cabeza es el de “Superstar”, el cover que Sonic Youth le hizo a Carpenters. La última canción es la más extraña de todas, porque recuerdo claramente el video y su coro me es profundamente familiar, ya que suena en mi cabeza varias veces a la semana… pero estoy seguro de que no he escuchado la canción real en al menos treinta años: se trata de “When we was fab” de George Harrison. El video aparecía en Imevisión durante lapsos muertos en la programación.

Las imágenes musicales involuntarias son un trastorno de la memoria que el 90 % de las personas reporta sufrir al menos una vez a la semana. Esto lo aprendí en la escuela de psicología.

4 de febrero de 2019

Risas y vida

Pasamos Navidad en un pueblo llamado Medina, en el estado de Nueva York, muy arriba, casi pegado a Canadá. Ese año yo vivía con los Murphy, inscrito como estudiante de intercambio en la high school de otro pueblo mucho más grande que Medina pero mucho más chico que mi ciudad. A los 18, era la primera Nochebuena lejos de mi familia. No me sentía muy bien. 

En Medina vivían los padres de Barb, la mujer que me recibió en su casa. El señor tendría unos noventa años y casi no escuchaba. Alertado de que en esa casa no había televisión y que por la nieve sería poco lo que pudiera hacer afuera, llevé conmigo una antología de tiras de Calvin y Hobbes. El anciano encontró el libro y se pasó toda la cena recargado en la barra de la cocina leyéndolo, explotando en unas roncas e incontenibles carcajadas que lo hacían mostrar el interior rosado de su inmensa boca sin dientes. Lo estuve observando y hasta hoy, 22 años después, creo que es la vez que más feliz he visto a alguien. Así de fácil puede ser la vida. 

14 de enero de 2019

Químicas y acústicas

Me fijo en que Óscar dejó a un lado el platito y colocó la taza directamente sobre la mesa. “¿Por qué quitas el platito?”, le pregunto. Además de dedicarse a preparar café, Óscar tiene formación científica, así que me preparo para una de sus apasionadas exposiciones técnicas: quizá pasa algo con la temperatura o la acidez o el buqué. “Me molesta el ruido del choque entre la taza y el plato” me dice nada más, y desde entonces ese tintineo en el que jamás había reparado se convirtió en un estruendoso traqueteo que me fastidia y asedia.

 Así nos pasa con muchas otras cosas, en sentido literal y figurado.