20 de junio de 2018

Aves y cabezas

Escuché un graznido y enseguida sentí un rasguño en la cabeza. O quizá fue primero el rasguño y luego el graznido. Un pájaro, un chanate, me había golpeado. Seguí caminando como cuando tenía 11 años y me caía de la bicicleta y me ponía de pie ignorando el paralizante dolor en la cadera y las espinillas, empujando la bicicleta hasta donde nadie me viera para entonces sí doblarme y alzarme la camiseta y los pantalones para confirmar que no tuviera sangre. Pero la discresión fue vulnerada por Saúl, uno de mis hijos de dos años que venía en mis brazos. Señalando mi cabeza, Saúl repetía sus largos “ba, ba, ba”, esos “ba, ba, ba” que él y su hermano gemelo usan cuando algo los desconcierta, como cuando se congela el video que están viendo en YouTube o como cuando el árbol frente a la casa se cayó. Todavía aturdido, yo pensaba en aquel episodio de Seinfeld en el que un tipo le dice cabezona a Elaine y momentos más tarde un pájaro se estrella contra su cabeza frente a un anciano que dice “La pobre criatura no tuvo ninguna oportunidad de esquivar eso”.

Minutos después pasé de regreso por el mismo lugar, todavía con Saúl en los brazos y mirando de reojo para cerciorarme que nadie me estuviera observando y cuchicheando “Mira, ahí va el tipo con el que chocó un chanate”. Y de nuevo: un graznido, un golpe y un rasguño. Ahora pensaba en aquella mañana cuando en el noticiero transmitían el choque de un avión contra un edificio y que de pronto vi en vivo como llegaba otro avión para incrustarse en el edificio contiguo y que Brozo comenzó a vociferar “¡Esto no es un accidente! ¡Esto no es un accidente!”.

El resto de la tarde, cada vez que nos encontrábamos con alguien, Saúl apuntaba mi cabeza y decía “Pío, pío, pío”.

9 de junio de 2018

Calendarios y recuerdos

Recuerdo uno de Roshfrans que recogí en una refaccionaria. Recuerdo haberme acercado a unas edecanes en el súper para que me dieran el de Bimbo. Recuerdo tomar como cinco de Corona en el expendio de Ortiz Mena y Trasviña y Retes, donde mi papá compraba su cartón y que Chicharito, un adolescente Down, se lo subía a la camioneta.

Cada mundial aparecían estos pequeños calendarios donde había que ir capturando los resultados de los juegos. Eran pequeñas maravillas del diseño y el ingenio. Unos se doblaban de manera que los rivales quedaban frente a frente, otros tenían pestañas que se jalaban para acomodar a las escuadras que iban avanzando. Los recuerdo con certeza hasta Francia 98… a partir del 2002 ya no estoy tan seguro. Pero recuerdo especialmente los de los mundiales de mi niñez, México 86 e Italia 90, y recuerdo a mi papá explicándome el funcionamiento de cada uno y llenándolos a mi lado con su letra cuadrada.

4 de junio de 2018

Opiniones y amistades

Tiempos electorales. He visto que invitan a que las opiniones políticas no dañen las amistades, a mantener el tema fuera de la mesa, a guardarse las ideas para no incomodar a otros. Yo digo que nada de eso. Hablemos. Discutamos. Hasta peleemos. ¿Amistad incondicional? Ese concepto suena tan idiota como el amor incondicional. El amor y la amistad deben beneficiar a ambas partes. Si no estamos de acuerdo, si nos incomoda lo que el otro dice, si su visión nos ofende u ofende a quienes queremos ¿debemos tenerlo ahí como amigo sólo por el afán de coleccionar amistades?

5 de mayo de 2018

Vasos y defensas

Espero en la fila para pagar. En una mano llevo la canasta con la leche, tres Bohemias y tortillas. En la otra sostengo un café. Americano. Negro. Sin nada.

Dos tipos comienzan a gritar. No podemos ver sus rostros. Llevan medias en la cabeza. Son corpulentos pero, por alguna razón, todos sabemos que son jóvenes. Uno de ellos patea un anaquel y se aposta junto a la puerta. El otro nos grita. Nadie se mueva, hijos de su pinche madre. Suelten lo que traigan y vayan sacando el dinero y los celulares. Usted vaya abriendo la caja.

Mientras el de la puerta turna su mirada entre la calle y el interior, el de las órdenes se acerca a la fila. No lo pienso. Es como si sucediera en automático. Cuando está a dos metros de mí, le aviento el café en la cara. Cae. Se retuerce. Se talla el rostro. Choca contra papitas, botellas de agua y chocolates. Parece que quiere decir algo, pero sólo se escucha un alarido más animal que humano. El de la puerta no sabe qué sucedió. Corre dos pasos hacia adentro. Gira. Corre uno hacia afuera. Gira. Ve a su compañero. Gira de nuevo. Huye.

Muy seguido fantaseo con esta escena.

8 de abril de 2018

Tiempos y anticipaciones

Cuando Griezmann remata contra el arco protegido por Navas, sé que en realidad lo hizo hace dos minutos. Lo sé porque ese fue aproximadamente el tiempo que pasó entre que la aplicación de mi teléfono avisó del inicio del partido y que el árbitro pitara en mi pantalla autorizando mover el balón. En el futbol dos minutos son mucho tiempo.

Mi teléfono permanece bocarriba sobre la mesa, a una distancia suficientemente cercana como para darme cuenta cuando la aplicación notifica algo, pero suficientemente lejos como para no alcanzar a leer qué dice. La pantalla se ilumina. Debe ser un gol.

En la televisión el rival de mi escuadra está sacando de meta. Se me viene ese hormigueo que sube espumoso desde la panza hasta el cuello. El adversario vestido de blanco avanza sobre el campo y llega hasta nuestra portería. Kroos la vuela y jalo mucho aire: el gol no era contra nosotros. Nuestro arquero despeja y en dos toques estamos en el área contraria. Me preparo para celebrar. El hormigueo ahora es placentero, anticipando la explosión. Dos toques hacia adelante, uno para atrás, dos hacia adelante, uno para atrás… ¿quién va a anotar? El hormigueo regresea, pero ahora se parece más a un espasmo: los blancos la robaron y van de regreso como estampida contra nuestra puerta. Maldita sea. Sí era de ellos. El dolor de la herida abierta en nuestra portería por el 7 de los blancos es parecido al de esa inyección por la que te angusiaste durante dos días: las punzadas palpitan, pero el alivio de finalmente dejar atrás la mortificación es innegablemente agradable.

Ya. Ya está. El balón vuelve a rodar. Queda casi todo el segundo tiempo por delante y no parece descabellado que empatemos o incluso le demos la vuelta a este marcador. Me acomodo y sigo el juego con tranquilidad… cuando la pantalla del teléfono se vuelve a encender.

4 de abril de 2018

Letreros y personas

En la avenida Independencia, apenas pasando la Gómez Farías, hay un pequeño local cuyo frente es todo de vidrio. Sólo hay un letrero, que en realidad es una hoja de papel donde está escrito a mano “El pakistaní”. Adentro del local, de apenas un metro y medio de fondo, se ve algo de ropa para dama colgada en los muros y en medio una mesa donde está sentado un tipo de piel morada y grandes ojos amarillos.

31 de marzo de 2018

Pensamientos y olvidos

Suena mi teléfono. Es Jesús, de quien me acabo de despedir en el café hace apenas dos minutos. Carajo. Seguro olvidé algo. Deslizo el botón para contestar y en lo que me llevo el aparato a la oreja repaso mentalmente: no es la tarjeta, porque pagué en efectivo; tampoco la cartera, porque el efectivo lo llevo en el bolsillo del pantalón, así que no la saqué; no puede ser la computadora, porque siento el peso en la mochila que llevo en la espalda; tampoco son los lentes de sol, porque los traigo puestos; ¿será la libreta?, no, no la he utilizado hoy. Jesús, ¿qué tal? ¡Guso! ¡Se te quedó la bicicleta en el Kaldi!