
Al parecer todos tuvieron una. La copa del árbol remataba en un botón cuadrado que, al presionarse, liberaba mecánicamente el interior de una casa oculta entre el follaje. La manivela a un costado del tronco ponía en funcionamiento al pequeño elevador que subía y bajaba a la familia y su perro que, por la mancha en su ojo, debía llamarse Mota.
La perfección en el diseño de la casa del árbol era violada por la agarradera que se suponía sirviera para transportarla como maletín. Siendo en esos tiempos la ergonomía una disciplina joven, esta agarradera seguía la curvatura del techo del árbol en vez de la de los dedos de la mano. Ni siquiera un cuatroañero podía introducir su manita.