30 de octubre de 2020

Autorretratos y confesiones


Tengo cuarenta y dos años y el rostro ovalado, según la antropometría; o cabeza de huevo, según mis compañeros de la escuela cuando era niño. Mi amplia frente parece ocupar la mitad de mi cara, efecto que se acrecentó durante la universidad, cuando se me abrieron las entradas del pelo. Cuando sucedió, pensé que me iba a quedar calvo. Pero eso no pasó entonces y no ha pasado todavía. Mi padre murió a los setenta y siete con su cabellera totalmente blanca, pero intacta.

Desde los dieciocho años siempre llevé el pelo castaño muy corto, a veces incluso a rape. Por ahí de los veinticinco me lo dejé crecer con un corte que hacía que el copete me tapara los ojos. Pero el pelo se me ensortijaba mucho y tenía que alaciarlo para que se lograra el efecto y me fastidié pronto. Cada dos o tres años pensaba que me dejaría crecer el pelo, pero cuando comenzaba a complicárseme el peinado o me golpeaba una súbita ola de calor, sin más iba y me lo cortaba otra vez. Hasta que a los cuarenta tracé un plan y me lo dejé crecer mucho. Ahora lo llevo agarrado en un chongo y me gustan los dos o tres pelos blancos que me nacen desde las sienes.

Mis ojos parecen ocultarse debajo de mis cejas regulares. Son pequeños para el tamaño de mi cabeza y están más cerca entre sí de lo que se consideraría común. El triángulo que forman con la punta de mi larga nariz –que no prominente– es lo que hace que mi hija y yo nos parezcamos mucho. 

Cuando me sacan fotos, siempre intento hacer tres cosas: meter la panza, estirar la mandíbula para que no se me vea papada y, sobre todo, abrir los ojos. Cuando veo retratos míos me parece que estoy adormilado. Además, me gusta que me pregunten si tengo los ojos cafés o verdes para responderles que los tengo miel, como mi madre.

Tengo una boca también pequeña, con el labio inferior más carnoso que el superior. Adentro mis dientes lucen amarillos, seguramente por haber fumado durante dieciocho años. Aunado a eso, siempre he pensado que expongo mucho las encías. Por eso es que sonrío de manera más bien discreta.

A diferencia de mi padre y de mi hermano, me crece una barba espesa. Tengo la creencia de que yo me la formé a fuerza de afeitarme diariamente durante dos años cuando salí de la universidad. Suelo llevarla a medio crecer e, igual que con el pelo, me gustan los brotes blancos, que acá sí alcanzan a formar una mancha en la barbilla. 

Llego casi a los 1.70 metros de estatura, número encima de la media mexicana pero muy muy por debajo de la chihuahuense. Mi cuerpo es delgado, aunque con esa típica panza de los que somos aficionados a la cerveza. Me gusta cuando la gente no me cree que paso de los cuarenta y cuando saludo a compañeros de la escuela y mi esposa me dice que parecen señores.

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