24 de junio de 2018

Votos y resignaciones

Este año voy a ir a votar muy triste. Las veces anteriores me metía a la cabinita esa con el lápiz en una mano, las boletas en la otra y la certeza en la cabeza. Tengo un rato buscando un sinónimo para “entusiasmo”, pero creo que no hay necesidad, porque era eso lo que sentía al trazar mi cruz: entusiasmo. Me movía darle mi voto a proyectos que me inspiraban y con los que me identificaba, a movimientos que me empujaban a invitar a otros a también votar por ellos, como aquello de Alternativa Socialdemócrata con Patricia Mercado en 2006. Igualmente me entusiasmaba poner una tacha inmensa que atravesara la boleta de esquina a esquina, ejerciendo mi derecho al voto y diciendo “Vine, pero nada me convenció: échenle ganas para la otra”.

En 2018 voy a ponerle mi crucecita, una muy pequeña, que alcance a distinguirse pero que represente mi ánimo, al proyecto de un tipo mañoso que jugándole al listo y siendo juez acomodó la competencia para de pronto ser él el ganador de la candidatura de su partido. Y no sólo de su partido, sino también de otro partido que por doce años había sido su enemigo, pero con el que ahora compartía la mesa en aras de llegar. De llegar a algo, a lo que sea, no a lo que se quería llegar inicialmente. Voto por esta propuesta porque es la única que puede hacerle frente a un proyecto que ni siquiera es proyecto, sino la necedad de un hombre que no ha convencido a nadie, pero que le ha dicho a miles lo que querían que se les dijera y que ahora creen que creen en él. Un hombre al que no le ha importado hacer alianzas con obtusos inquisidores como el PES o con figuras siniestras como líderes de sindicatos o de guerrillas.

Las instituciones de nuestro país han sido, en efecto, operadas por personas que no siempre han sido las mejores. En muchos casos, de plano han estado en manos de gente muy hija de la chingada que provoca terror por lo que es capaz de hacer a cambio de un poco más de dinero o de poder. Pero las instituciones las hemos construido todos a lo largo de casi doscientos años. No deberíamos permitir que alguien que se cree por encima de ellas tenga poder sobre ellas. No borremos la república por darle revancha a un tipejo pensando que es nuestra revancha.

Mi voto triste está listo. Y mi respeto al proceso también. El 2 de julio voy a estar en un país gobernado por gente que no me gusta, pero en un país en el que me encanta estar.

3 comentarios:

Silvia Parque dijo...

Creo que tu posición es respetable, como cualquiera. Cuando dices que algo te parece bien y que otra cosas no, lo haces de una manera respetuosa, también. Excepto en un punto. Lo he encontrado en muchas publicaciones y usualmente no comento porque el tono de la mayoría es tan belicoso que no vale la pena decir nada; pero como tu tono no parece ese, lo comento aquí:
Que juzgues que el proyecto de AMLO o de Morena no es un proyecto, vale; es tu juicio sobre las características de una propuesta.
Que digas que AMLO le ha dicho a miles lo que querían que se les dijera o que no le ha importado hacer alianzas impresentables, vale también; es tu juicio sobre los dichos y actos de una persona que además es un actor político al que hay que mirar críticamente.
Que digas que no ha convencido a nadie no tiene sentido. Evidentemente ha convencido al menos a esos miles a los que dices que les ha dicho lo que querían oír. Pero vale también, es tu juicio sobre el poder de convocatoria o de influencia de alguien.
Sin embargo, cuando dices que esos, a quienes les han dicho -según tú- lo que quieren oír, ahora creen que creen en él, la cosa cambia. Ahí estás asumiendo que puedes negar lo que la gente dice que cree o hace saber que cree -a partir de sus dichos y actos-. Eso es anular a la gente, a su autonomía, colocarlos -por decirlo así- en una situación de "minoría de edad" o de incapacidad. ¿Cómo puedes afirmar que "creen que creen", es decir, que no "creen"? ¿Por qué no simplemente admitir que creen algo en lo que tú no crees? Y mira que puedes decir que en lo que creen está mal, que es tonto creerlo, etc., pero esto es francamente irrespetuoso.
Esta campaña ha estado llena de insultos, de decir que los que piensan diferente son vendepatrias, traidores, flojos, arrastrados, borregos, etc. (Y elijo los calificativos "menos peores"). Afirmar que los otros no saben lo que creen (solo creen que creen) entra en el mismo saco.

Anónimo dijo...

Si bien sigo a Guso en Twitter desde hace ya bastante tiempo, la realidad es que conozco muy poco de su blog y publicaciones y solo vengo a comentar ya que Silvia Parque abrió lo que podría ser una buena discusión.

Por supuesto que el pensamiento y juicio de cada quien es libre y subjetivo, la importancia de las opiniones recae en los razonamientos que las avalan y los hechos que les preceden.

De manera sencilla y sin entrar en un vocabulario rimbombante, en este contexto la frase "creen que creen" se puede fácilmente desvirtuar y me parece que más que aludir a los "que creen" se refiere a la creencia como tal. Me explico:
Puedo creer que la carne de mi hamburguesa viene de una vaca feliz porque en la caja me lo dicen y así me la vendieron. Nadie ni nada puede negar o anular mi creencia excepto el hecho mismo. ¿Cómo? ¿Por qué? Es sencillo, si es mentira, si la vaca era una vaca triste, estoy creyendo que creo, sin saberlo, sin estar enterado, puedo creerlo si yo quiero y eso nadie me lo puede quitar pero la cruda realidad es que solo estoy creyendo que creo.

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